
Escribo estas líneas apenado al ver en qué se está convirtiendo nuestro país. Tenemos una situación dramática a muchos niveles, pero vemos como amplios sectores de la población, profundamente alienados, se movilizan como si les fuera la vida en ello por causas que ni comprenden a miles y miles de kilómetros.
Esos mismos “solidarios” a los que tanto les gustan las causas internacionales no mueven ni un dedo por los saharauis, que están condenados a vivir en tiendas de campaña lejos de su tierra; ni por los presos políticos torturados y asesinados en Marruecos; tampoco lo harán por los armenios y la limpieza étnica que han sufrido en Nagorno Karabaj y, por supuesto, tampoco se les ocurre tan siquiera hablar del exterminio de cristianos en África. Eso no son causas dignas porque se escapan a su relato ridículo, a su pack ideológico de secta que todos defienden.
Se declaran defensores de Palestina, y me parece perfecto, pero ¿de qué Palestina? Yo defiendo la creación —porque en la actualidad no existe— de un Estado palestino, pero no desde luego en manos de Hamás, de un grupo de islamistas terroristas al servicio de poderes extranjeros, para ser más preciso, de Irán. Esta gente a la que denominamos propalestinos en realidad no lo son, son pro-Hamás, es decir, proterroristas islámicos. Y me da igual que me digan que Israel financió o dejó financiar a este grupo para debilitar a Fatah, lo sé desde hace tiempo, y esto no quita que los palestinos merezcan algo mejor que estar subyugados a estos terroristas, que deben ser expulsados de la Franja como primer paso a una solución política.
Claro que condeno lo que hizo Israel con Hamás, pero eso no significa que quiera que la limpieza étnica se invierta y se lleve a cabo contra los israelíes. La única solución humana son los dos Estados, no hay otra posibilidad que esta, excepto la de desde el río hasta el mar, pero no será Palestina la que se quede con todo el territorio, será Israel, que es el que tiene la fuerza. Por eso apuesto por la primera opción, porque la segunda me parece inadmisible.
Hamás debe ser destruida e Irán apartado de la ecuación. El otro día defendí en Horizonte, en el tiempo del que se dispone en este tipo de programas, mi posición sobre esto. Tuve mucha aceptación en redes, pero también se me atacó con virulencia por parte de los falsos propalestinos, que dicen defender los intereses de los palestinos, pero que con sus posicionamientos le están haciendo el juego a los sectores de Israel que buscan una justificación para seguir atacando y dominando nuevo territorio a costa de esa Palestina que dicen defender.
Siempre he sido antisionista y un crítico furibundo de Netanyahu y sus políticas y de las actividades de los colonos israelíes, pero eso no quita que Israel sea un Estado con más de 75 años y que no se puede eliminar. Ya existe y debe ser aceptado, lo contrario solo perpetúa el conflicto. Israel es tan artificial y fruto del colonialismo como Jordania, Líbano o Siria. Existía una Siria o un Líbano históricos, pero no eran lo mismo que los Estados que crearon las potencias coloniales que dominaban toda la zona, que fueron creados con escuadra y cartabón.
¿Fue un error cómo se fundó el Estado de Israel y cómo se realizó el reparto territorial? Sin duda. ¿Esto legitima una limpieza étnica o la destrucción de un país ya consolidado? No, de ninguna manera. La gente nacida y criada en el actual Israel tiene tanto derecho a estar allí como cualquiera, y a disponer de su propio Estado. Igual que lo tienen los palestinos.
Una vez aclarada mi posición sobre Palestina e Israel ya podemos meternos de lleno en la crítica a los activistas propalestinos españoles, que en realidad hacen política nacional a costa del sufrimiento ajeno y lejano en kilómetros.
La flotilla por Palestina, conformada por niños ricos, por yuppies en yates y catamaranes que van de fiesta en fiesta por todos los puertos que encuentran nos venden que están luchando por romper el bloqueo a Gaza. Cristóbal Colón, Elcano o Urdaneta realizaron grandes viajes por mar, por océanos —no por el Mediterráneo—, con embarcaciones mucho peores, sin tener que parar “por motivos técnicos” cada dos por tres. En la flotilla cuentan con Greta Thunberg, la mascota oficial de todas las grandes empresas woke, además, para esta ocasión, con la estética del príncipe de Beckelar. Todo sea por dar más altura visual a este viaje.
La realidad es que todo este viaje es por imagen, aunque la que dan es terrible, por lo menos a la gente normal. Algún woke dirá si estoy diciendo que ellos no son normales: le recomiendo que no lo haga, voy a ser más incisivo y menos correcto que Rajoy cuando Ione Belarra le preguntó si pensaba que eran tontos. Además de la tiktoker musulmana bailonga y fiestera, cuentan entre sus filas— aparte de con podemitas de todo pelaje— con Ada Colau, que como monstruo del averno ha vuelto del infierno de los políticos quemados para deleitarnos con las estupideces a las que nos tenía acostumbrados.
Lo que más me molesta de toda esta parafernalia de la flotilla es que haya partido desde Barcelona, porque relaciona a España con sus acciones lamentables y dan una imagen internacional lamentable. Los participantes de la flotilla están blanqueando a terroristas islámicos mientras van a conciertos a bailar y otros menesteres. Son el mejor ejemplo de la decadencia de Occidente. Lo mejor que podría pasar es que llegaran a Gaza y los dejaran desembarcar; me encantaría que fueran consecuentes, a pesar de las advertencias de Hamás, y sacaran sus banderas LGBT, hicieran bailes medio desnudas y fiestas con alcohol y drogas. La dosis de realidad que iban a recibir iba a hacer que dejaran de hacer el tonto el resto de sus vidas, por supuesto, solo a los que sobrevivieran; me da a mí que muchos no volverían.
El otro episodio lamentable ha sido todo lo relacionado con la Vuelta Ciclista, en la que incluso exministras del Gobierno de Sánchez —sí, Ione Belarra e Irene Montero, que estuvieron en el Gobierno que comerciaba con armas con Israel— ahora se enfadan mucho y deciden atacar una competición que es marca España, para hacer política nacional disfrazada de solidaridad internacional. Perjudican nuestra imagen como país, arruinan la preparación y esfuerzos de deportistas y, lo que es el colmo, van a manifestarse con su seguridad privada defendiéndolas. El esperpento está al nivel de las escenas más bizarras de la literatura. Si Valle-Inclán levantara la cabeza…
Van a montar disturbios no por problemas que afecten al español de a pie, al trabajador que dicen defender, sino a causas lejanas que poco nos atañen. Para colmo, el propio Gobierno, con Marlaska y el presidente a la cabeza, han apoyado las acciones. Nunca antes se había dejado apalear a policías con el consentimiento del Gobierno. La imagen ha sido bochornosa. Encima justificándolo por la libertad de manifestación.
Si yo organizara para un problema de aquí una manifestación sin solicitar autorización me aporrearían, me detendrían y tendría un juicio; sin embargo, los podemitas, que tanto se quejan de lo que les reprimen y de lo mala que es la policía, hacen lo que quieren y aquí no pasa nada, y encima con el Gobierno apoyando. Pocas veces he sentido tanta vergüenza como cuando escuché a Marlaska justificar estas actuaciones, dejando una vez más tirada a la policía en una situación comprometida.
En España, no se debería permitir que nadie atente contra nuestra imagen de país, sea quien sea. Espero que llegue el día —más pronto que tarde— en que como pueblo seamos capaces de echar del poder a aquellos que defiendan intereses que nos son ajenos. Estas semanas he seguido mucho la actualidad política de Nepal, y no he podido evitar soñar con que Sánchez y los que son como él —sean de izquierdas o de derechas— también se llevarán su merecido el día en que más gente abra los ojos y dé un paso adelante. Sé que soy una persona optimista, más teniendo en cuenta la situación que tenemos, pero estoy seguro de que el pueblo español terminará por decir: “Basta ya, hasta aquí hemos llegado”.
Si quieres recibir los próximos números de mi newsletter, suscríbete aquí.
Buenísimo como siempre, Roberto. Un saludo.