
En un grupo de WhatsApp que tengo con unos amigos me llegó una foto de Irene Montero con Ione Belarra —más conocida como la novia de Chucky— en un baño sucio, con casi cuarenta años y cara sonriente —incluso forzada, diría yo—, hasta el punto de parecer dos muñecos grotescos prototípicos de película de terror de serie B de los años ochenta de un país no demasiado desarrollado.
El motivo de dicha sonrisa —repito, con casi cuarenta años— es una pintada mugrosa de “Menorca antifa” realizada bien por un drogadicto de edad similar a la de ellas, con poca habilidad grafitera y una segura falta de higiene corporal, o por un niño de catorce años hormonado y un poco perdido en la vida.
Para ellas, esa foto es una especie de acto glorioso, su acto revolucionario mientras hacen turismo; sí, habréis pensado lo mismo que yo: ese turismo que tanto critican ellas y que invitan a no hacer y quedarse en casa. Debe ser que eso es solo para los pobres, para ellas no se aplica. Al estar acostumbradas a hacer turismo en el Falcon, pues esto no les parecerá casi nada.
Decir que Irene Montero y sus esbirros son gente execrable, ignorante, vividora, hipócrita, desagradable, maleducada, ególatra e incluso no demasiado finos mentalmente es ser amable con ellos, pues son todo eso y mucho más y peor. Pero quiero aprovechar que hagan el ridículo con estas cosas para caracterizar de forma breve ese movimiento tan en boga del que, para mi desgracia, formé parte en mi juventud.
En primer lugar, lo antifa no tiene nada que ver con el antifascismo real. Los que luchaban en Stalingrado contra el III Reich eran antifascistas y daban su vida por ello; los que se autodenominan antifas no son más que un movimiento sistémico, al servicio de los grandes partidos de la nueva izquierda y los grupos empresariales supranacionales que los sustentan.
En segundo lugar, no tienen ideología propia, solo siguen modas ridículas del sistema. Se hacen los mártires cuando les atacan, pero si disponen de una correlación de fuerzas favorable no tienen ningún impedimento moral para abusar del débil y usar los mismos métodos de los que se quejan si los utilizan contra ellos. Son puro relato melodramático, absurdo y ridículo; son los tontos útiles del sistema, al igual que sus enemigos, los “nazis”, que son al fascismo lo mismo que los antifa al comunismo o al antifascismo.
Por último, quiero señalar que no son más que grupos juveniles —o no tanto, viendo a Irene Montero y los súcubos a su servicio de vacaciones— que solo sirven para desgastar a gente que podría hacer cosas útiles en tribus urbanas que se pelean entre ellas por las camisetas que llevan o por los grupos de música que escuchan. Convierten a jóvenes en puros lúmpenes improductivos, en basura social inútil y, en muchos casos, irrecuperable.
Hablan todos de revolución, pero en muchos casos no es que no sepan el significado del término, es que dudo —teniendo en cuenta mis experiencias con centenares de ellos— que sepan hasta escribirlo de forma correcta.
Lo mejor que podéis hacer si tenéis a gente de esta ralea cerca es alejaros, no os van a hacer ningún bien. Mientras sigan en esa secta no os van a aportar nada bueno.
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